En una entrevista de trabajo, a Carol le preguntaron repetidamente: «¿Por qué dejaste tu empleo anterior?». El entrevistador intuía el conflicto con su antiguo jefe y quería saber qué había sucedido.
José, un nuevo creyente en Jesús, revisaba frustrado las ofertas de trabajo. Sus empleos anteriores como mesero habían sido bien pagos, pero los turnos de fin de semana, típicos de los restaurantes, le dificultaban asistir a la iglesia con regularidad. «¿Por qué Dios no responde mi oración? —se lamentaba—. ¿No quiere que vaya a la iglesia?».
Owen estaba de vacaciones en el extranjero cuando recibió un inquietante mensaje de un colega: «El jefe está buscando reemplazarte». Profundamente afectado, una mañana oró al amanecer y le preguntó a Dios: «¿Dónde estás?». Luego, se acercó a la ventana para abrir las cortinas… allí vio un enorme y hermoso arcoíris suspendido sobre el lago. De inmediato, lo envolvió un cálido consuelo. «Fue como si Dios simplemente me dijera: “Tranquilo, aquí estoy”», recordó más tarde.
El hijo de Cristina murió de cáncer cuando tenía solo siete años. Tres años después, al hijo mayor le diagnosticaron una enfermedad terminal. Algunos de sus amigos que no creían en Jesús compartían su dolor, pero no entendían por qué seguía confiando en Cristo. «¿Cómo puede tu Dios permitir esto? ¿Por qué sigues creyendo en Él?», le preguntaron.
Una noche, mi vecino Sam regresó a casa sin su coche. «Me lo robaron —le dijo a su esposa, y agregó—, me voy a dormir. Lo resolveré mañana». Su esposa estaba atónita. No podía entender cómo podía estar tan tranquilo, pero él explicó: «¿Qué más puedo hacer? Entrar en pánico no cambiará nada».
El proyecto independiente no estaba yendo bien. Los clientes estaban demandando lo que parecía imposible, y yo estaba estresado y desanimado. Mi primera reacción fue simplemente abandonar el trabajo, lo que significaría no recibir pago por lo que ya había hecho, además de eliminar la posibilidad de futuros proyectos con ellos. Entonces, pensé: ¿Ya he orado a Dios?
Luisa, una gerente de proyectos, lamentaba haber aceptado el trabajo independiente. Tanto el cliente como el diseñador estaban poniendo a prueba su paciencia. ¿Por qué es tan difícil? —se preguntaba—. ¿Por qué no pueden ponerse de acuerdo?
La noticia era horrenda. Una empleada doméstica había sido tan maltratada por la familia para la cual trabajaba que murió. Al final, encarcelaron a los empleadores, pero no me pareció suficiente. Deberían haber sufrido los mismos horrores que esa pobre chica, pensé, y luego haber sido condenados a muerte. Entonces, me pregunté si mi enfado se había pasado de la raya.
Andrés descubrió que enseñarle a su hijo a andar en bicicleta era frustrante. El niño de cinco años perdía el equilibrio y se caía. Al darse cuenta de que esto sucedía porque su hijo miraba constantemente hacia un costado, tuvo una idea. «¿Ves ese poste? —le preguntó—. Solo mantén los ojos fijos en él y pedalea». Su hijo hizo exactamente eso, ¡y así siguió adelante sin caerse!
Después de años de discipular a Caleb, Marcos se desalentó al enterarse de que un líder de la iglesia le había asignado otro mentor. El líder señaló: «Por fin, Caleb tiene un mentor».